La homilía de Betania XXVI Domingo del Tiempo Ordinario 28 de septiembre de 2014



1.- LO DE “LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS…”
Por Gabriel González del Estal
2.- LA FE SE DEMUESTRA CON LAS OBRAS
Por José María Martín OSA
3.- "HIJO, VE HOY A TRABAJAR EN MI VIÑA"
Por Pedro Juan Díaz
4.- VALEN LAS OBRAS Y NO LAS PALABRAS
Por Antonio García-Moreno
5.- SIN RUIDO Y HACIENDO BIEN
Por Javier Leoz
6.- EL SINCERO DESEO DE SER SANTOS
Por Ángel Gómez Escorial

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

DEL DICHO AL HECHO HAY UN GRAN TRECHO
Por Pedrojosé Ynaraja



1.- LO DE “LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS…”
Por Gabriel González del Estal
1.- Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Se oye con frecuencia citar esta frase que Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de Israel, para demostrar que muchos de los que nosotros consideramos observantes y santos serán tratados por Dios en el juicio final con más rigor que muchos de los que nosotros consideramos pecadores. Algo así como que los que nosotros consideramos pecadores serán los primeros en el Reino de Dios, mientras que los que nosotros llamamos santos serán los últimos. Esto en parte es verdad, pero sólo en parte; porque lo que dice Jesús es que los pecadores y prostitutas serán primeros porque creyeron a Juan y se convirtieron, mientras que los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo serán últimos porque oyeron a Juan y no se convirtieron. Para nosotros, hoy, el tema central de este relato es la conversión, la necesidad de creer en Jesús y convertirse a él. Si nos convertimos y vivimos de acuerdo con el evangelio de Jesús seremos primeros ante Dios, mientras que si no nos convertimos y no vivimos según el evangelio de Jesús seremos últimos. No nos salvarán las “buenas” obras externas, si nuestro corazón no está de verdad convertido al Señor. El hijo primero dijo <no>, pero después se arrepintió y agradó al Señor; el hijo segundo dijo <sí>, pero no fue a trabajar a la viña del Señor y desagradó al Señor. Debemos vivir con una continua actitud de conversión, para ser siempre agradables a Dios.
2.- Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. En este texto, el profeta Ezequiel insiste en que el Señor perdona y salva siempre a los que se arrepienten y se convierten de corazón. El corazón de Dios es más misericordioso y compasivo que el corazón de los hombres, porque nosotros albergamos fácilmente en nuestro corazón el odio y la venganza, y nos resistimos a perdonar al que nos ha ofendido. Cuando hablamos de personas que fueron, en su pasado, pecadores, no debemos juzgarles siempre ya por lo que fueron, si vemos que, de verdad, ahora dan muestras claras de haber cambiado y de haberse arrepentido. Todos podemos equivocarnos, porque errar de humanos, pero también todos podemos corregirnos, porque rectificar es de sabios. Recordemos que, como pedimos en el salmo, la misericordia de Dios es eterna, mientras que nuestros juicios son frecuentemente mezquinos y circunstanciales.
3.- Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir… No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. La comunidad de Filipos fue una de las primeras comunidades cristianas más queridas del apóstol Pablo, porque fue una comunidad que siempre le ayudó, aun en los momentos más difíciles de su apostolado. Aprendamos nosotros, en este siglo XXI, a ayudar a los misioneros y evangelizadores que trabajan con peligro de sus vidas en países enemigos oficial y fácticamente de la religión cristiana. Ayudémosles con oraciones y limosnas, o de cualquier forma que podamos y sepamos hacer. Debemos vivir siempre estando dispuestos a perder algo de lo nuestro, para que otros puedan tener lo necesario. A veces nos encerramos demasiado en nuestro mundo y en nuestras circunstancias, como si el mundo se acabara donde se acaban nuestros intereses personales. Tener todos un mismo amor y un mismo sentir no es pensar necesariamente lo que todos piensan y sentir lo que todos sienten, sino pensar y vivir en comunión afectiva con las demás personas, preferentemente con las personas más necesitadas. Así vivió el apóstol Pablo, porque siempre quiso vivir como había predicado su Maestro, Jesús de Nazaret. Hagamos nosotros lo mismo.

2.- LA FE SE DEMUESTRA CON LAS OBRAS
Por José María Martín OSA
1.- La misericordia de Dios. Dios no deja nunca de darnos nuevas oportunidades para que rectifiquemos nuestro error y podamos seguir de nuevo su camino. Tenemos que alegrarnos de que Dios perdone a los pecadores que han destruido sus propias vidas, precisamente porque somos nosotros esos mismos pecadores. La justicia de Dios no se puede separar de su misericordia. Por eso en Ezequiel se conecta íntimamente el arrepentimiento con la justicia de Dios. Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Con la conversión viene la justicia misericordiosa. Es lo que señala precisamente el salmo de este domingo. Casi nunca centramos nuestra reflexión en el salmo del día. Sin embargo, los salmos parten de una experiencia profundamente humana y valen para los hombres y mujeres de todos los tiempos. El tema central del Salmo 24 es sin duda la confianza plena y absoluta de parte del salmista en la misericordia de Dios. El autor suplica apoyándose en el amor y bondad de Dios. Reconoce, así mismo, al Dios de la verdad, de la justicia, del perdón. Al Dios que trata a todos los hombres con amor benevolente, con amor misericordioso; es decir, se une a nosotros hasta en lo más íntimo, nos llega a considerar sus amigos íntimos, pues solo a estos se les revelan los secretos. El salmista, pues, se abandona confiadamente en las manos del Padre, tiene la certeza que Él le liberará, que Él le rescatará, le protegerá. En una palabra se sabe amado por Dios. Podemos ver en la figura del salmista al hombre que absolutamente y sin reservas ha puesto toda su confianza en las manos de Dios: Jesucristo, quién dijo a su Padre antes de entregarse voluntariamente a la muerte en Cruz «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Para nosotros este salmo debe ser sin duda un apoyo en los momentos oscuros, para poder cantar con el salmista toda nuestra confianza en Dios, para suplicarle su ayuda y su salvación. Dios como lo dice el salmista es el Dios del amor y de la verdad. A ejemplo de Jesucristo, debemos abandonarnos confiadamente a ese amor de nuestro Padre todos los días de nuestra vida, pues El Señor no se olvida de que su misericordia es eterna.
2.- Unidad en el amor. Pablo escribe a los filipenses desde la prisión. Sin embargo, toda la Carta está envuelta en una atmósfera de alegría. Los cristianos de Filipos tienen una fe y una generosidad ejemplares, aunque hay entre ellos algunas diferencias y divisiones. Por eso, Pablo insiste en la unidad en el amor y en la humildad, como Jesús se humilló para salvarnos. Esta lectura se tiene que leer repetidamente y aplicarla también a fondo en nuestras comunidades del siglo XXI. La clave para conseguir una comunidad unida y válida evangélicamente hablando es tener entre todos sus miembros los mismos sentimientos de Cristo. Nosotros tenemos que abandonar también todo orgullo, sentimiento de superioridad o descalificación de “los que no son como nosotros”. Hemos de buscar el interés de los demás y no perder nunca de vista que los caminos para llegar a Dios son variados. Precisamente, la pluralidad de carismas es lo que enriquece a la Iglesia. Mantengamos siempre la unidad, que no es uniformidad, sino diversidad de estilos y modos dentro de la Iglesia.
3.- “Obras son amores…” Muchos de los publicanos y prostitutas creyeron y siguieron a Jesús. El cristiano verdadero se compromete con Cristo. Cristo es radical en su llamada. Nos quiere llevar por el camino de la cruz y quiere que le amemos más que a todas las cosas. Hay cristianos que tardan en comprometerse, pero lo hacen (Nicodemo, la Samaritana, Zaqueo...) Otros quisieran comprometerse, pero no se deciden a dejarlo todo. Tratan de servir a dos señores: a Dios y al diablo. Todos nosotros no somos todavía lo que debiéramos ser. En muchas cosas permanecemos aún esclavos de muchas imperfecciones; no estamos completamente libres para Dios, para Cristo, para un amor perfecto. En la parábola de los dos hijos enviados a la viña Jesús nos enseña el deber de servir. Y pone muy en claro que los servidores son los que obedecen al Padre. Porque el servir a Dios no es una obra externa, superficial y tradicional, buscando el favor de Dios, sino es algo que nace en la obediencia, en la entrega a él. La voluntad de Dios es que sirvamos, que trabajemos en su viña. La viña del Señor es la iglesia local. Pero, también debemos de ver las necesidades de la gente que está a nuestro alrededor: pobreza, necesidades morales y espirituales…. Es ahí cuando los cristianos debemos de llevar la ayuda, el mensaje, el consejo, llegar a los necesitados.
4.- No pongamos disculpas, como los personajes de este cuento
Este es un cuento sobre 4 personas llamadas Todos, Alguien, Cualquiera y Nadie. Había que hacer un trabajo importante y TODOS estaban seguros que ALGUIEN lo iba a hacer. CUALQUIERA lo podría haber hecho, pero NADIE lo hizo. ALGUIEN se enojó por esto, porque era el trabajo de TODOS. Cada uno pensó que CUALQUIERA lo podía hacer, pero NADIE se enteró de que TODOS no lo iban a hacer. TODOS culparon a ALGUIEN, cuando NADIE hizo lo que CUALQUIERA podría haber hecho.

3.- "HIJO, VE HOY A TRABAJAR EN MI VIÑA”
Por Pedro Juan Díaz
1.- De nuevo una parábola sobre una viña, la segunda (y la semana que viene, la tercera). Es importante contextualizarla. Jesús está hablando a las autoridades religiosas, los sumos sacerdotes y ancianos, y a los notables del pueblo. Y la parábola pide una respuesta, porque así lo plantea Jesús: “¿Qué os parece?”. Hoy Jesús nos cuenta a nosotros esta parábola y nos dice: “¿Qué te parece a ti?”.
2.- El planteamiento que hace Jesús en la parábola es sencillo: dos hermanos que son invitados por el Padre a trabajar en la viña; el primero contesta que no, pero va; el segundo dice que sí, pero no va; y Jesús pregunta: “¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?”. Lógicamente, contestamos que el que fue a la viña. Y de ahí saca Jesús su enseñanza. Critica a las autoridades religiosas y políticas su poca fe y su falta de credibilidad frente al testimonio de Juan, el Bautista, y frente a Él mismo y sus signos, que son cuestionados por ellos (acaba de expulsar a los mercaderes del templo y los sumos sacerdotes le han pedido explicaciones). Frente a ellos, hay otros que sí han creído, aunque en principio su palabra haya sido “no quiero”. En concreto, Jesús habla de los publicanos (cobradores de impuestos para Roma) y las prostitutas. Estos, a pesar de ser pecadores y decir “no quiero”, como el primer hijo, han acabado creyendo (“se arrepintió y fue”).
Por eso les dice Jesús que “los publicanos y las prostitutas os llevarán la delantera en el reino de Dios”, por su capacidad de arrepentimiento y de conversión, de saber abrirse a los nuevos caminos que Dios plantea en la vida, mientras que ellos permanecen inamovibles en sus actitudes y en sus pecados. Son los de: “Voy, Señor. Pero no fue” (segundo hijo). Verdaderamente, los que hacen lo que quiere el Padre (esa es la pregunta que hace Jesús) son los que tienen capacidad de conversión, de “volver a nacer”.
3.- Para cumplir la voluntad del Padre lo importante no son las palabras, las promesas, los rezos… sino los hechos y nuestra vida de cada día, que es la que habla de nosotros y da razón de nuestras palabras. No se trata solo de saber lo que está bien y lo que está mal, sino de optar por el bien y, sobre todo, ponerlo en práctica. “No todo el que dice ‘señor, señor’ entrará en el reino de Dios”, decía Jesús.
4.- No se trata tanto de saberse la teoría, cuanto de actuar conforme a ella. Está claro que hay que conocer la teoría para poder ponerla en práctica. Pero al fin de cuentas, lo que cuenta es actuar. Nuestra fe no es un libro de prácticas, sino el estilo de vida de una persona: Jesús de Nazaret. Él es nuestro “manual”, el modelo a seguir. Con Él nos encontramos cada vez que venimos a la Eucaristía. Escuchamos su Palabra, comulgamos su Cuerpo… ahora toca llevarlo a nuestra vida y dar testimonio de Él con nuestras obras.
Vamos a acoger con alegría la invitación de Jesús: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”.

4.- VALEN LAS OBRAS Y NO LAS PALABRAS
Por Antonio García-Moreno
1.- HIPÓTESIS.-"Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere." (Ez 18, 26). Ezequiel propone una hipótesis. Y la propone de parte de Dios. Tan de parte de Dios que sus palabras son palabras divinas. Por eso hay que recibirlas con especial atención, conscientes de su gran importancia... Dice que si un hombre justo se aparta del camino recto y muere, quedará muerto por la maldad que cometió.
Del lado que el árbol caiga, de ese lado quedará caído para siempre. El que es bueno y deja de serlo, será condenado. Es necesario, por tanto, ser constantes en nuestro caminar por los caminos de Dios. Jesús nos dirá que es preciso velar siempre. Pone la comparación del robo nocturno que no ocurriría si el amo de la casa velase mejor por sus bienes.
No podemos confiarnos ni un solo momento. Tenemos que vivir preocupados por agradar al Señor, siempre. Guardando con empeño sus mandamientos. Y si alguna vez fallamos, rectificar inmediatamente. Pedir enseguida perdón en el sacramento de la Penitencia. Que para eso lo ha instituido el Señor, para que podamos vivir siempre en su gracia, sin permitir que pase ni un solo momento sin su amor.
"Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida" (Ez 18, 27). Esto es lo realmente importante para nosotros: el saber que Dios nos perdona siempre que volvamos a Él. Sólo es necesario reconocer el mal que se hizo, arrepentirse de haberlo hecho y pedirle su perdón. Y entonces todo se olvida, entonces Dios nos vuelve a abrazar como a hijos suyos.
Si el malvado recapacita y se convierte de sus delitos, ciertamente vivirá y no morirá... De este modo la liturgia, con esta primera lectura del profeta Ezequiel, una vez más recalca la infinita capacidad de perdón que Dios tiene. Así se deja bien patente que mientras hay vida hay esperanza, por muy perdido que todo nos parezca. Ojalá que esto nos haga volver los ojos a nuestro Padre Dios. Para pedirle perdón, para rogarle que tenga piedad de nosotros, para decirle que se acuerde de su misericordia sin límites.
2.- OBRAS SON AMORES.- "Él le contestó: Voy, señor, pero no fue" (Mt 21, 30). Prometer es fácil, o comprometerse con alguien. A veces hasta bajo palabra de honor, o incluso bajo juramento. Mientras que se trata sólo de hablar, solemos decir que haríamos tal o cual cosa, o que nunca haremos esto o aquello. Pero cuando llega la hora de actuar, la cosa es muy distinta. Entonces la realidad se impone y se elude el sacrificio, se olvidan las promesas o se niegan los compromisos contraídos.
El Señor nos enseña en esta parábola que lo que en definitiva vale son las obras y no las palabras, los hechos y no las promesas. Sería interesante oír lo que dijimos en un momento dado cuando llega la hora de actuar. Veríamos, con rubor, cuán lejos estaban las palabras de lo que luego estaríamos dispuestos a hacer.
Jesús habla aquí a los sumos sacerdotes y a los ancianos de Israel, es decir, a lo más selecto de la sociedad de su tiempo, tanto en el plano religioso como en el civil. Pensemos, pues así es, que sus palabras nos alcanzan también a nosotros, pertenezcamos al nivel social que pertenezcamos. En definitiva también nosotros pensamos que basta con hablar y prometer, o estamos convencidos, como ellos, de que somos mejores que los demás, persuadidos de que no haríamos lo que otros hacen.
Os aseguro, dice Jesús, que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de los cielos. Estas palabras debieron herir profundamente a sus oyentes, la élite de Israel. También a nosotros nos escuecen. Pero así es... Porque esa pobre gente, tan despreciada, se sabe pecadora, y quizá se duela de serlo, aunque siga siéndolo por vicio, o por la dificultad que supone dejar esa situación. Y en muchos casos, su dolor y pesar les lleva a cambiar de vida, y como la Magdalena llegan a querer con locura al Señor, que tanto les ha perdonado. Mientras el que se cree justo, o simplemente regular, vive de manera mediocre, sin grandes inquietudes por mejorar, amando con languidez y tibieza al Señor.

5.- SIN RUIDO Y HACIENDO BIEN
Por Javier Leoz
Se nota cuando, nuestras palabras son eso: buenos deseos. Y, por el contrario, a veces los silencios hacen y dicen mucho. Hoy con el evangelio en la mano nos damos cuenta de que nuestro “si” no siempre es sincero ni creíble. Muchas veces está condicionado por el quedar bien con alguien o por algo, por salir airosos de algunas situaciones o, simplemente, porque con un “si vacío” solucionamos una situación puntual que, luego, se nos puede volver en contra. Es bueno pues aquella máxima de: “promete lo que vayas a realizar y calla aquello que te deje en evidencia”.
1. Dios nos hace libres, y desde esa libertad, estamos llamados a cooperar con El. Conoce de antemano los sentimientos más profundos de nuestros corazones. Sabe, perfectamente, cuando nuestros labios emiten sonidos que en nada reflejan nuestro pensamiento. Pero, Dios, ahí está: aguarda, espera, confía una y otra vez en el ser humano. ¿Por qué? ¡Nos quiere libres y libremente desea que le amemos! ¿Se puede querer a un padre por imperativo legal? ¿El amor es auténtico cuando se da largas o cuando se demuestra?
2. Las parábolas siempre nos enseñan el camino de la salvación. Hoy, al proclamar la del evangelio, nos damos cuenta que como el hijo pequeño también nosotros somos muy propensos a posponer lo importante y a llevar a cabo lo secundario.
-Cuántas familias dicen un “si” al Bautismo; se comprometen ante Dios y ante la Iglesia a educar en cristiano a sus hijos; luego no van en esa dirección adecuada y resulta ser un “no” olvidando cultivar la viña de la fe.
-Cuántos matrimonios, delante del altar, prometen fidelidad en lo bueno y en lo malo. Llegan las dificultades y el egoísmo o la presión del ambiente convierten todo eso en un “no”. Dejan de cultivar la viña del amor.
-En cuántos momentos, sumergidos en celebraciones musicalmente bellas y en impresionantes templos, decimos amar a Dios sobre todo; nos comprometemos a un cambio de vida…..pero salimos de las cuatro paredes del cenáculo festivo y, nuestra vida cristiana, se diluye en medio del océano del mundo. Se diluye no como sal…sino como algo insípido.
3. ¿En cuál de los hijos nos vemos representados? ¿Somos hombres y mujeres de palabra? ¿Llevamos a la práctica aquello que prometemos? ¿Nos quedamos en “buenas palabras” o pasamos a los hechos? ¿Es Dios el norte y guía de nuestra existencia? San Vicente de Paul llegó a decir “el ruido no hace bien; el bien no hace ruido”.
No es bueno proclamar aquello que se quiere hacer sin llevarlo a cabo. Hay un primer paso para obrar según la voluntad del Señor: hacer el bien implica no hacer mal. Empecemos por ahí: no haciendo mal las cosas. No comprometiéndonos en aquello que, tal vez, supera nuestra capacidad o nuestras fuerzas. No somos más grandes cuando vamos pregonando lo que podemos construir (si luego se queda en paja) o cuando presumimos de estar en todo, pero dejamos a medio camino aquellas responsabilidades que se nos han encomendado.
4.- Demos gracias a Dios porque nos sigue llamando. Lo importante es ser conscientes de que, ciertos caminos que elegimos, nos apartan de Él, de su amor, de su presencia, de su viña y del sendero que nos conduce a la salvación, a la felicidad o la gracia.
No nos conformemos con los “mínimos” de nuestra fe. Además de la misa dominical, como cristianos, estamos llamados a trabajar un poco más nuestra personal viña. No podemos decir “si” al Señor y, luego, marcharnos por otros derroteros totalmente distintos al Evangelio.
Digamos “si” a Jesús. Con todas las consecuencias. No olvidemos que, el movimiento, se demuestra andando y que la fe cuando se trabaja…produce más fe.
5.- MI “SI” DE CADA DIA, SEÑOR
Que sea para Ti con las pequeñas cosas que te ofrezco
y no en aquellas que pienso pero nunca alcanzo
Que lo veas en el detalle que ofrezco
y no en el escaparate del mundo en el cual me pierdo
MI “SI” DE CADA DIA, SEÑOR
Sea la verdad de mi vida,
y nunca la falsedad en la que me confundo
Sea pronunciado por el bien como respuesta
y no ahogado por el mal que me acompaña
MI “SI” DE CADA DIA, SEÑOR
Sea el llevar a feliz término:
cada promesa a mis prójimos
siendo rico llevando la paz conmigo
y ofreciéndola a los que caminan a mi lado
Desterrando el mal que me aparta de Ti
y aferrándome al bien que me habla de tu reinado
Siendo consciente de mis posibilidades
pero sin olvidar que, Tú, me las diste de balde
MI “SI” DE CADA DIA, SEÑOR
Sea darte lo poco o mucho de mi persona
La verdad de mi existencia
La sinceridad de mis palabras
La bondad de mi corazón
El deseo y la seguridad de que, ir por donde Tú me envías,
es el mejor camino para salvarme y ayudar a los demás.
¿Aceptas mi “si”, Señor?
Ayúdame a pronunciarlo, a que sea auténtico
y, nunca, me olvide de llevarlo a cabo.
Amén.

6.- EL SINCERO DESEO DE SER SANTOS
Por Ángel Gómez Escorial
1.- San Mateo –y también los sinópticos—sitúan, tras la entrada triunfal de Jerusalén, una serie de relatos, en forma de parábola, que son alegatos contra el inmovilismo e hipocresía de la religión oficial, representada por los fariseos. Pero es precisamente en el párrafo del evangelio de Mateo que leemos hoy donde la parábola sería puramente accidental y Jesús realiza sus acusaciones a las claras. Qué las prostitutas y los publicanos antecedan a los fariseos en el Reino de los Cielos es una acusación muy fuerte y provocadora. El Señor los comparaba con los pecadores públicos más despreciados y odiados por la sociedad judía de su tiempo. Y es, sin duda, el fenómeno de la hipocresía lo que más despreciables hace a los fariseos, letrados y doctores. Por eso la parábola desciende al ejemplo de dos hijos. Uno, contestará con buenas palabras a su padre y, luego, hará lo que le venga en gana. Otro, se resistirá al principio, pero terminará obedeciendo el mandato paterno. El que dice que va a ir, pero no va, tiene pensado desde el principio su desobediencia. Es un golpe de hipocresía manifiesta. Por el contrario, este que aparece en primer lugar en el relato de Mateo y dice que no irá para recapacitar después y acudir a la viña, tuvo un acto de arrepentimiento muy válido. Su actitud fue sincera en todos los momentos.
2.- La hipocresía es habitual en mucha gente que anda cerca de los temas de religión. Se ha acostumbrado a dar un aspecto de aceptación, pero luego –bajo su sayo—hace lo que quiere. Son aquellos que mantienen una conducta pública aparentemente intachable y luego son verdaderamente malvados. O, simplemente, que simulan una conducta amable dentro del templo, pero luego son verdaderas fieras para con sus hermanos. Y ahí meteríamos el ejemplo del empresario que es cumplidor de los preceptos, ritos y sacramentos y, luego, estafa a sus clientes o no paga lo justo a sus trabajadores. O, también, aquella persona que clama por la justicia social y por la liberación de los oprimidos y en su actividad trabaja mal o roba a su jefe. O, también, aquella mujer de "moral estricta", azote de las prostitutas, pero que no va a dudar en forzar la entrega de su hija a un hombre inadecuado para ella, porque simplemente es rico o poderoso. Puede haber, además, una hipocresía menos culpable. Que alojada en lo más profundo de nuestras conciencias haga despreciar al pecador, al débil, al marginado y ello lleve a ensalzar la propia virtud, creando una barrera infranqueable respecto a esos hermanos necesitados de nuestra ayuda. El consejo de Jesús es actual y necesario. La hipocresía florece, precisamente, entre los que están cerca de la virtud, pero ya no la entiendes por rutina o por soberbia.
3.- "Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis." Estas palabras de Jesús nos deben servir de llamada de alarma para quienes creemos que estamos en el camino de la verdad. Lo más importante del mensaje de Jesús –y, por tanto, de la religión católica—es el amor. La anhelada –y deseable—perfección es una consecuencia de nuestro amor por Dios y por los hermanos. Si falta el amor estamos muy lejos de Cristo. Y ese amor se desvela ante los pequeños, los pobres, los enfermos, los pecadores. Si para reafirmar nuestra bondad pretendemos hundir aún más a los hermanos con problemas, estamos, sin duda, haciéndole el juego al Mal, al diablo. Hemos, pues, de analizar nuestra vida y la proyección de esta en todos los campos; incluido --¡cómo no!—el religioso. Es seguro que aquellos que se consideran buenos estarán llenos de faltas, de pecados, de faltas de omisión y de falta de amor. Solo una humildad sincera y la sensación de nuestra enorme pequeñez comparada con la grandeza amorosa de Dios nos haré ver nuestros errores.
4.- Si estamos seguros de que somos buenos y un día nos damos cuenta que somos malos caeremos en una cierta depresión. No importa. Es mejor reconocer nuestros fallos, que proclamar nuestras falsas virtudes. La oración es medicina para todos los males, porque todo lo que pidamos a Dios, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, nos lo va a dar. El Salmo 24 que hemos cantado hoy nos marca un camino concreto de oración. Respondemos todos: "Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna". Todos los versos que hemos oído al lector son materia de oración. Podemos repetirlos como jaculatorias. Los últimos que se han proclamado parecen redactados a la medida de lo que venimos diciendo:
El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
Como se revisan periódicamente las posibilidades de marcha y vuelo de un automóvil o de un avión, debemos someter nuestra actuación como cristianos a revisiones profundas y frecuentes. El Tentador ataca donde cree que va a tener éxito y nos puede intentar influir bajo el disfraz de "ángel de luz". Y será precisamente en el contexto del trabajo religioso donde propondrá caminos de pecado. Hemos de insistir mucho en estos términos porque la caída es frecuente.
5.- Pablo de Tarso en su Carta a los Filipenses nos da recetas para conseguir la conducta adecuada. Dice primero: "manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir." A su vez explica el procedimiento para conseguirlo: "No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás". Queda claro. Y, en fin, muchos siglos antes que Pablo escribiera a la Iglesia de Filipos, el profeta Ezequiel da la pauta para el arrepentimiento. Dice: "si (el malvado) recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá." Un eje principal tanto en el Antiguo Testamento, como en la Buena Nueva, es la espera constante de Dios Padre para la conversión de todos sus hijos. La Redención --la bajada de su Hijo Único a la tierra-- forma parte de ese deseo divino de perdón, concordia y amor. No debemos olvidarlo.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

DEL DICHO AL HECHO HAY UN GRAN TRECHO
Por Pedrojosé Ynaraja
1.- El refrán castellano expresa casi lo mismo que la enseñanza del evangelio de este domingo. A medida que uno se va haciendo mayor y va teniendo experiencia, guardando memoria de lo sucedido, se da cuenta de que hay personas, jóvenes y mayores, que a todo dicen sí, que la gente, por su presencia o simpatía, da por supuesto que cumplirán lo que prometen, pero que a la larga, uno se da cuenta de que no puede esperar nada de ellos. Que cuando les tocaría arrimar el hombro, siempre están ausentes.
Otros en cambio, malhumorados con frecuencia, sin atreverse casi a contestar, calladamente, cumplen con lo que se les ha solicitado. A veces de estos últimos nadie advierte su presencia, ni su buen hacer, hasta que se alejan. Cuando se han ido es cuando se reconoce su buena labor.
2.- Y en el Reino de los Cielos cuenta lo que uno ha hecho bien. No se nos preguntará si hemos caído simpáticos a los demás, sino a quien hemos ayudado, qué generosidad, monetaria o personal, de compañía, compasión y gozo, hemos prestado. Si han sido elegantes nuestros regalos que satisficieron y alegraron. Si hemos visitado y ayudado a enfermos, tanto si esperaban y deseaban nuestra presencia, como si, aparentemente, ni siquiera eran capaces de darse cuenta de que estábamos a su lado.
3.- Cuando a veces me dirijo a visitar a un enfermo que sufre alzhéimer, por ejemplo, y me dicen ¿para qué vas, si no te conocerá? o ¿por qué vas, si ya es como un vegetal? Pienso en mis adentros: Jesús dijo, estaba enfermo y me visitaste. No hizo excepciones. Algo semejante me ocurre cuando se trata de una ayuda monetaria. Piensa uno, o supone, o sospecha, que está siendo engañado. Debe uno saber y repetirse, que si a alguien se ayuda, él será el responsable del destino que dé a lo nuestro. (no ignoro que debe uno ser precavido, que en estos tiempos de crisis debemos tratar de ayudar a quienes más lo necesiten. Sólo podremos abstenernos si es preciso ayudar de inmediato a alguien que más lo necesita, o encomendamos la gestión de nuestra la ayuda, a instituciones honrada, sea Caritas o asilos o residencias de ancianos o discapacitados, que sabemos destinan sus labores a ayudar con más pericia que la que podamos tener nosotros).
4.- Debemos de distinguir bien, mis queridos jóvenes lectores, lo que es buena fama, prestigio, o categoría social, de acuerdo a unos cánones muchas veces injustos o corruptos, de lo que realmente es bueno, de quien, pese a su aspecto, es buena persona.